Ayudemos a prevenir los daños emocionales de los jóvenes

Por María Cristina Retondaro
Diario Norte 10 de julio del 2002

   Sabemos la baja autoestima que presentan los niños que tienen problemas de lectura y ortografía. Valiéndonos de una comparación podremos comprender cómo se sienten los alumnos con problemas de aprendizaje: su oficina es la escuela, su trabajo es la tarea escolar basada fundamentalmente en La lectoescritura, sus jefes son los adultos que lo rodean y que muchas veces se convierten en jueces implacables. ¿Cómo nos sentimos nosotros los adultos cuando no prosperamos en nuestro trabajo?. Más aun cuando día a día la tarea que presentamos a nuestros supervisores que nos ha demandado el esfuerzo de toda una jornada de trabajo, es rechazada sistemáticamente con una mueca de desdén.

   Realmente en estos casos quisiéramos que la tierra se abra debajo de nuestros pies, porque pensaríamos que somos objeto de una terrible injusticia. Lo mismo siente el niño que pese a sus esfuerzos no ha podido presentar a su maestra un trabajo prolijo. Con el agravante de que los adultos podemos replicar, podemos defendernos, podríamos presentar atenuantes y excusas, en tanto el alumno no tiene derechos sino obligaciones y en muy pocos casos es escuchado, Porque aunque así fuera, ni él mismo sabe cuál es la causa de su fracaso porque comete siempre los mismos errores a pesar de todos sus esfuerzos para recordar la escritura correcta. Es por ello que tanto los padres como los maestros de estos niños deben tener también cualidades muy especiales de paciencia y abnegación pero, por sobre todas las cosas, deben ser capaces de escuchar y comprender, de explicar y de insistir con un: ¡Tu puedes!. Explicarle a un niño que tiene un problema de aprendizaje que acepte su impedimento es nuestra obligación. Más para que él lo acepte y no se sienta juzgado ni ofendido, debemos primero aceptarlo nosotros los adultos y junto, con el niño recorrer un largo camino, no con vergüenza, sino con el optimismo de que su problema tiene solución y que contará con nuestra ayuda permanente.
   Debemos cuidarnos de no hacer o decir algo que no es en absoluto su culpa. El hogar de este niño debe ser el lugar donde encontrará en todo momento contención y aliento, al igual que en el aula. Si los padres y docentes no trabajan con tal objetivo, el niño desarrollará sentimientos de culpa y se sentirá un inútil por el resto de su vida.
   El caso de Carlitos, un inteligente alumno, con problemas de lectura ilustrará el ejemplo típico de sobrellevar un daño emocional. Carlitos tiene ahora 22 años y recién obtuve un diagnóstico sobre sus problemas de dislexia. Nunca llegó a aprobar las materias necesarias para cumplir el colegio secundario y tampoco encontró a nadie que comprendiese sus problemas. Se sentía un fracasado. Una vez me confió: 'Me gusta viajar porque si me quedo lo suficiente en un lugar para que me conozcan, me van a rechazar". Carlitos a pesar de ser afectuoso siempre fue un solitario. Estaba convencido de que cualquiera que detectara su espantosa ortografía y su problema para con la lectura, lo consideraría un vago, una persona sin ningún valor. Así se veía a sí mismo.
   Es necesario entonces que los jóvenes como Carlitos aprendan a aceptarse comprendiendo su problema de aprendizaje. Convencer a un niño de que no es tonto es un proceso que lleva tiempo. Pero sobre todo es necesario que un especialista lo ayude a superar su amor propio herido, obteniendo rápidos logros iniciales en la superación de su problemática. Recién entonces reconocerá sus propios valores y se dará cuenta que lo único que necesitaba era un método distinto de aprendizaje de la lectura. Cuando Carlitos lo encontró comprendió por fin que entre su problema particular y "ser tonto" hay una gran diferencia. ¡Cuántos disgustos pudo haberse evitado si hubiera recibido ayuda muchos años antes!